Su oficio siempre fue muy apreciado
Mientras conversábamos, otro hombre se nos acercó.
Era un pintor nacido en Varsovia, un hombre de estatura media, de nariz aguileña y una perilla completamente negra sobre su piel de un blanco azulado. Ese aspecto peculiar llamaba la atención desde lejos y delataba una posición social alta. En el campo de concentración, su oficio siempre fue muy apreciado.
Todos le mostraban respeto, y en algunas ocasiones me habló largamente de su trabajo.
«Pinto retratos para los soldados alemanes. Me traen fotos de sus parientes, de sus esposas, madres e hijos. Todos quieren un retrato de sus seres queridos.
Los miembros de las SS me hablan de ellos con cariño, con mucho sentimiento. Me dan detalles como el color de los ojos y del pelo.
Pinto sus retratos a partir de una foto en blanco y negro, tomada por un aficionado y muchas veces borrosa.
Sin embargo, a pesar de todo lo que se diga por ahí, me gustaría dejar de pintar a los parientes de los soldados alemanes.
Me gustaría pintar un cuadro en blanco y negro de los niños amontonados en el pabellón de aislamiento. Me gustaría pintar los retratos de toda esa gente asesinada por los alemanes y entregarles los cuadros para que se los lleven a casa y decoren sus paredes con ellos. ¡Maldita sea!»
El hombre perdió los estribos en ese momento.
Samuel Willenberg, Rebelión en Treblinka
No llegué a Willenberg por una búsqueda propia. El fragmento viene impreso dentro de mi edición de La muerte del comendador de Murakami, una novela narrada por un pintor que hace retratos a partir de fotos para gente que quiere retener a alguien cercano. El pintor de Willenberg hace el mismo trabajo a partir de fotos borrosas de aficionados, pero dentro de un campo de concentración, pintando para los soldados alemanes y sus familias mientras lo que quiere es retratar a los asesinados y devolverles los cuadros. Lo tengo acá por eso: el mismo oficio, usado para guardar a los vivos y para recordar a los muertos.